Si queremos que Caracas avance, es indispensable borrar de una vez por todas esa malísima imagen que se tiene de nuestra capital como una de las ciudades más inseguras del mundo. La salud de la gente también se resiente, aquí la mayoría vive asustada. Se admite en tertulias que ninguna zona está libre del asecho hamponil.
Esa es una conclusión lamentable para cualquier asentamiento urbano con pretensiones de satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes, ya que la ciudad entra en el túnel de la involución. Por eso hay que destacar la perseverancia de los grupos que insisten en impulsar el turismo, que es sin duda alguna uno de los factores que más perturba el fenómeno de la inseguridad.
Los cuentos de los dueños de hoteles, pensiones, posadas, transportistas, restaurantes y demás establecimientos comerciales, son para ponerse las manos en la cabeza, dan escalofríos, y créanme que no estamos exagerando. Ya es normal que en cada comunidad se instalen casillas de vigilancia privada que son financiadas por los propios vecinos.
Eso de por sí representa un impuesto para cada persona, los gastos son altísimos por ese concepto. Por eso las soluciones no se pueden hacer esperar.
No se trata de seguir con los operativos fugaces para aparentar que se trata de hacer algo, hay que ir más allá de esos simples paliativos. Hay que dotar a la ciudad de un Servicio Metropolitano de Seguridad, con equipos humanos bien coordinados y preparados.
Un policía mejor capacitado vale por diez, de eso no tengo un mínimo de dudas. La policía moderna debe entenderse como una institución depurada, deslastrada de funcionarios, maleados o comprometidos con los vicios.
Una policía entrelazada con las comunidades y pertrecha de medios de comunicación que facilite la interacción con los grupos vecinales que trabajan en sus respectivas barriadas o urbanizaciones.
La desconcentración policial conducirá a la policía eminentemente vecinal y preventiva. Pero eso que sugerimos dista mucho de lo que se contempla esta Ley de Inteligencia y Contrainteligencia reaccionaria, hecha a la medida de lo que fue la Gestapo en sus tiempos de terror.


